domingo, marzo 20, 2011

Lo que hay

Cuánta auto exigencia, mujer. Borrar, cambiar, seguir, mejorar, a dónde va todo esto? En un tren hacia los 25, ya estás grande y sos pendeja, irresponsable e inteligente, un talento desperdiciado en tardes de Cuevana y novios ajenos. Fumando y comiendo y bebiendo irresponsablemente, y soñando con conducir - literalmente, sueño mucho que manejo.

De todo lo que tiene esta crisis, lo peor es no poder escribir. Tengo standars de calidad que cumplir, post adorables y cachondos que decorar... bullshit. Todo lo que tengo es un montón de tiempo vacío feeling sorry for myself y cuidando plantas de marihuana. La vida no es como te imaginabas, por más que no te hubieras imaginado nada en particular. Las verdades se desmoronan, querida, qué estás buscando? ¿Respuestas? Si te enamorás de lo bien que cogen, vos. ¿Control? ¿De qué? ¿De las consecuencias? Forget it, mami. No leas lo que escribiste, no corrijas, sólo seguí tipeando. Las cosas pueden ser mucho más sencillas.

Y pensar que saliste del Buenos Aires... Me reencontré por Facebook con un viejo maestro de la primaria, sorprendido por la institución de educación secundaria a la que asistí. ¿Será todo su culpa? ¿La del Colegio, con mayúscula sin más? Esa exigencia que hicieron germinar y crecer dentro tuyo, desde que tenías 12 años, te llamaban "aspirante a alumna" y no te dejaban pisar la alfombra roja de las imponentes escaleras de mármol. Blame it on the institution, I say. Total.

Buscando una forma de estar mejor, sin máximas, ni fórmulas. Las fórmulas no funcionan. Pero no es desesperante, es liberador. No hay un código correcto, dejá de buscar por lo que está bien y lo que está mal. No es para tanto. Nada es para tanto.

martes, febrero 08, 2011

Un año después de terminar

Tenía unas ganas afiebradas de empujarte en la cama y aprisionarte toda la noche. Que luches, te resistas, trates de evitar ese gran error que sería volver a cogerme, a caer en mis dulces manos que tanto placer te enseñaron, que extrañaste y reconocés pero les tenés un cagazo horrible. Quería que me pelearas, resistiéndote a mi boca que te destroza el cuello a besos bien mordidos, mis manos que te atrapan el hombro y la cabeza, obligándote a inclinarla, manejando el control de tu cerebro. Te agarraría del pelo y tiraría, ofreciéndome tu aorta enloquecida que bombea fuera de control, mientras con tus fuertes brazos tratás de separarme, de sacarte de encima ese fantasma de pasado hecho carne otra vez. Pero estoy sentada en tu pelvis y recordás que tengo más fuerza de la que parece, esposándote las muñecas arriba de la cabeza, con mis propias manos. Y entonces te besaría despacio, con amor, con todo el amor que me despiertan tus besos perdidos, la frente, la sien, los pómulos y la boca, dulcemente, con la punta de la lengua, aflojándote, derritiéndote, derrotando esa parte de vos que no quiere equivocarse, y entonces me abrazarías otra vez, dejando correr el deseo por tus venas, respirando mi perfume y mis besos, arrancándome la ropa y devorándome la piel.


Pero como no soy tan malvada, me ubico, por rescatada, y te propongo ir al estudio en vez de quedarnos en la habitación. Y todo lo que alguna vez hicimos pero no volvimos a repetir se vuelve cuento de mi blog.

miércoles, enero 26, 2011

Putita nostálgica

Fue un amor cachondo y misionero. Llevaba una boina uruguaya que me encantó cuando lo conocí. Igualito al de La Vela Puerca, pensé, antojada. Mío, mío. Lo elegí.


La primera vez que lo tuve en mi cama fue histórica. Yo volaba de fiebre, literalmente. Al rededor de 38° en todo mi cuerpo, no sólo en la entrepierna, me tenían drogada al natural, con la cabeza volando. Coger con fiebre es algo increíble, surrealista. Incluso me sangró la nariz mientras lo montaba desde arriba. Levanté la cabeza y seguí moviéndome. Una experiencia única.


Salimos durante varios meses, sin noviazgo, ni formalidades. Nos adoramos, cada uno a su manera. Teníamos un sexo excelente, apasionado, cómodo, íntimo. Fuimos conociendo el gusto propio y al ajeno, inspeccionándonos con humor. La primera vez que le acerqué un dedo al culo me sacó a los pingos. La segunda se dejó, y se envició para siempre. Me encantaba ese lugar de putita en el que se ponía. Se dejaba coger con gemiditos y al palo, excitado por su sumisión y mi poder. A mí, que siempre me gustaron los flaquitos bien trolitas, me hacía sentir casi un hombre. En el buen sentido.


Con él tomé la sana costumbre de andar en pelotas por la casa. Podíamos pasarnos horas así. Desnudos, fumando marihuana y devorándonos a besos.


A los meses Andrew (llamémoslo así) se recibió de chef y se escapó a Posadas. Argumentó crisis existencial, hartazgo porteño, mamitis aguda. Lloré un poquito y lo dejé ir.


Desde entonces mantuvimos relación sin relaciones. Chat más que nada, un mensajito, alguna noticia que se caía por ahí. Nunca perdimos contacto. Siempre nos habíamos querido y respetado mucho - ninguno de los dos quería resignarse a perdernos del todo.


El año pasado vino de visita a Buenos Aires. Pasó por casa para ponernos al día. Yo estaba saliendo con George, en plena etapa rosa, de modo que ni ganas de andar recordando viejas épocas. Luego de una tarde de humo verde y tereré, Andrew reveló sus verdaderas intenciones. Costó decirle que no. Algunos besos robó, pero me mantuve firme. Con la pija en alza lo mandé a la calle, disculpándome por mi estado civil. Pobre Andrew, me quedé pensando.


Pero el karma es sabio e inevitable. Hace un par de días se anunció en capital nuevamente. La historia repetida: se vino a casa, cambiamos el tere por una birra y el porro por hojitas de chala. Apaleamos el calor a fuerza de charla y guitarreada, terraceando, cómodos como siempre.


Se estaba por ir hasta que tuve el antojo de robarle un beso. Un beso solo, eso pretendía ser. La historia se había invertido: el novio era él ahora, con una rubia que lo espera tejiendo y destejiendo en Misiones. Pero un beso... ¿qué le hace un beso? El problema no fue ese, sino que me siguió hasta mi habitación. ¿Qué hacés acá? No sé, respondió. Yo sí lo sabía. Lo vi todo en nuestro pasado. Quería dedo, la putita. Porque claro, a su rubia no le puede andar pidiendo que le atornille el anular hasta el fondo. La hombría de un macho no se mide por la poronga, sino por el invicto del culo. Más todavía para un provinciano. A la putita no le da pedirle dedo a su novia, porque va a pensar que es puto. Y no es puto: es putita nomás. 


Así que le hice el favor. Con la pija en la boca y los dedos en el culo, Adrew gemía de placer con los ojos fuera de órbita. "Tan lindo es eso -decía-, y nadie más me lo volvió a hacer".


Y no, putita.


Nunca nadie te va a coger como yo.

jueves, enero 20, 2011

Maldita

Mezcla de metalero y freak, con remera de Goku y botas de motoquero, tomaba cerveza en aquella fiesta de cumpleaños. No hablaba mucho, más bien lo contrario. Perfil bajo, digamos. Me gustaron su metro ochenta, sus manos grandes, su cara de chico bueno. Una presa ideal, a decir verdad. Llamémoslo George.


Era virgen cuando lo conocí.


Un chico tan lindo no merece ser virgen, pensé. Hay que hacerle el favor. ¿Por qué carga con ese blanco de jodas de sus amigos?... Muchos de ellos son más feos que Mr. Hyde. Pero él, tan bonito, con una espalda que adivinaba deliciosa, y un culo que rellenaba muy bien el jean, era virgen. La injusticia del universo materializada en un cumpleaños de verano.


No fue difícil seducirlo. Tampoco lo fue enamorarlo.


Al poco tiempo lo llamaba mi novio. Poco después dejé de llamarlo. "Tenías razón -fueron sus últimas palabras bañadas en lágrimas-, todo se termina".


Otro corazón roto en mi haber. Uno más y van... qué puedo hacerle. Perra de mí, poco tardé en revolcarme con otros, en ubicarlo en algún cajón de mi archivo amoroso, en olvidarlo. Creí que no tendría mayores consecuencias.


Hoy creo diferente.


Desde que nuestra historia terminó, no pude volver a sentir el sexo como antes. Algo se habrá quebrado dentro mío. Algo habrá germinado. Lo cierto es que desde entonces, el sexo me es... distinto. Menos intenso. Menos fantástico. Siempre pude disfrutar del sexo sin amor. Hasta George.


Mi teoría es que cargo con una maldición que lleva su nombre. No es gratuito romper un corazón virgen. George, quizás sin saberlo, me dejó maldita. Por puta. "No volverás a estremecerte de placer", me condena desde el pasado. ¿Hasta cuándo? No lo sé. No hay cura para las maldiciones irreversibles.


Quizás sea porque a él lo moldeé en la cama a mi gusto y semejanza. Dotado de una de las mejores pijas que he probado jamás, George supo hacerme feliz sólo con la punta de sus dedos. Lo amé y lo exprimí hasta que no tuve más amor para darle. Con el corazón ahogado en lágrimas, lo imagino rogando a su santo por que la perra que le cagó la vida no vuelva a disfrutar del sexo nunca más. Y su plegaria fue oída.


Desde entonces, deambulo entre mi cama y las ajenas como un fantasma cachondo, en la búsqueda de su placer perdido. No significa que ya no coja, ni que no pueda acabar. Todo sigue sucediendo como siempre, las porongas siguen entrando, pero ya no apagan el cerebro. Ya no me nublan la mente ni me sueltan las amarras de las neuronas. Ya no conozco el éxtasis que una vez supe frecuentar.


Quizás la solución se encuentre en ese acto que hace tanto ya no practico. Quizás la maldición desaparezca cuando haga el amor con el hombre al que ame.


O quizás no desaparezca nunca.

jueves, diciembre 16, 2010

#FAIL

Esta noche quería coger.


Me hice la coqueta. "En agradeciento por ayudarme con algo, te invito un fernet esta noche."


"Siempre terminamos derrapando cuando nos juntamos", se entusiasmó.


A los cinco minutos "Uy, bancá, me enchufaron una reunión".


A las tres horas "Che, recién termino y estoy muerto. La próxima invito yo el fernet".


El próximo fernet que me pagues te lo tiro en la cara, infeliz.

Vuelve la Season 2

Como soy una blogger copada, volví a habilitar algunas de las mejores entradas de los otros años del Túnel. Los viejos lectores quizás recuerden algunas y les den ganas de volver a pasearse por el archivo.

martes, diciembre 14, 2010

I put a spell on you



Hace mucho calor esta noche. Buenos Aires está que hierve, y no exactamente de temperatura.

Pasé el día entre estas cuatro paredes, tres blancas, una naranja, y una ventana. Sola, de blanco, como una novia que en vez de ir a la boda se dio cuenta que su hombre la dejó en el altar hace tres meses, y todavía no se sacó el vestido.

He tenido tan poco sexo este último tiempo que tengo la impresión de que no tengo nada que escribir. ¿Puedo volver a calentar lectores anónimos usando sólo mis letras, si ya ni mi cuerpo me resulta erótico? 

Hoy estoy para irme a algún bar de fantasía, en un piso treinta y dos, con terraza. Pedir un vinito blanco, fresco, y fumar mirando las estrellas. Algún brazalete de plata colgando de mi muñeca, un poco de carmín en la boca, las uñas esmaltadas de rojo y la brisa de las alturas aliviando el calor.

No estaría mal encontrarme, de paso, con algún caballero chapado a la antigua que me convide fuego y me pregunte si puede acompañarme. Se sentaría en la mesa, y sonriendo me diría "¿Sabés?... Tenés demasiada tranquilidad en los ojos para estar tan sola.". Sonreiría.

Pero esta noche no hay treinta y dos pisos, ni brazalete de plata, ni caballero chapado a la antigua. Sólo el vino. Y Nina Simone.