miércoles, agosto 12, 2015

El hombre azul y la hija de los divorcios


Cuando yo tenía dos años y medio, y mi hermana cuatro, mis viejos se separaron. Virtualmente, tengo un solo recuerdo de mis viejos juntos. Estábamos mi hermana, mis viejos y yo en el depto donde vivíamos, tomando helado sentados en el piso del balcón. Me acuerdo que hacía calor, mucho calor, y yo estaba sentada en las rodillas de mi viejo, tomando mi helado. Es el único recuerdo que tengo de mis padres juntos. Después recuerdo peleas en eventos aislados (como actos de la escuela y cosas así) en los que debían juntarse sí o sí por causa de fuerza mayor (o sea, nosotras). Pero nada más. El resto de mis recuerdos infantiles son dicotómicos: o con mamá, o con papá.

Mis tíos también son separados. De hecho, mis abuelos también. Mi historia familiar es la de hombre y mujeres demasiado apasionados con el sexo opuesto como para dedicarle toda su vida a una misma persona. O demasiado celosos como para aguantar indiscreciones.

Es por eso que creo que nadie puede culparme si no puedo creer en el amor para toda la vida. Es por eso que todavía tengo miedo por Nacho y yo. Nunca he presenciado un amor eterno, un amor de esos corte "hasta que la muerte nos separe". Mi experiencia (la de mi familia, y la mía personal) es que eso no sucede.

Esto no quita que yo no sea una Susanita más. Creo que, justamente, debido al divorcio de mis viejos y mi crianza bipolar, siempre anhelé desde lo más profundo de mis sueños encontrar al hombre ideal, indicado, the one for me. Porque nunca dudé de querer tener hijos. Pero siempre estuve convencida de que no quería criarlos en divorcio. ¿Y cómo lograrlo? ¿Cómo creer en el amor para toda la vida, si nunca lo vi? ¿Acaso es posible que encuentre a, sino mi príncipe, mi hombre azul?

Ese sueño perseguí durante mucho tiempo. Me enrosqué en relaciones con tipos complicados a quienes yo les "hacía bien". Les daba serenidad, paz, buen sexo, qué sé yo qué querían decir con "me hacés bien". No era el bien de Drexler. Era un bien de "estoy del orto, soy un hemipléjico emocional y tu amor me muestra que no todo es una mierda". Lo cual, por si no lo notaron, tampoco quiere decir "te quiero". Más bien, "sos una buena enfermera".

Finalmente me cansé, y después de escuchar al tercer tipo (¡el tercero!) decírmelo, lo dejé y renuncié. Quizás era cierto eso de que no existe el amor para siempre. Quizás yo no sepa elegirlos, o simplemente sean todos iguales. En cualquier caso, renuncié a mi sueño de Susanita. No estoy hecha para esto. No estoy hecha para el amor, si el amor es enfermería a domicilio.

Así estaba cuando lo conocí a Nacho. Llevaba un tres años de soltería crónica, salpimentada con relaciones hemipléjicas y algunos compañeros de sábanas en soledad. No estaba de novia, ni en pareja, ni me interesaba. El amor llegaría, o no, pero yo no pensaba buscarlo. Y nos enamoramos en el cumpleaños de un amigo en común.

Pero aún tengo miedo. Creo que el sueño de Susanita nunca se realiza, hasta la muerte. Sólo hay un momento en el que sabés que estarán juntos hasta la muerte, y es la muerte misma. En el camino, en la vida, nunca podré estar segura de que estaremos juntos para siempre. Creo que he pasado por demasiadas roturas de corazón como para volver a creer que ese sueño es real. Pero eso no me impide seguir intentándolo. Intentar un camino junto al hombre que amo, y vivir con él todas mis seguridades de amor y mis dudas heredadas.

Aunque creo que si Nacho leyera esto me costaría mucho hacerle entender por qué, a pesar de todo lo dicho, despertarme todas las mañanas al lado suyo es la mayor felicidad de mi vida.

El verdadero final feliz

En mi infancia tomé la teta de Disney durante muchos años. Sepan que, por mi edad, tuve el lujo de ver el estreno de películas como Aladdín, El Rey León y Pocahontas, que eran la tradicional "película del año" del McDonald's de las animaciones occidentales. A su vez, el efecto retroactivo de los VHS (¡Dios!) me permitieron enfermarme una y otra vez con "La Bella y la Bestia", "La Sirenita", "La Bella Durmiente" y tantas otras fábulas clásicas que Disney tuvo la (económicamente) fabulosa idea de suavizar hasta el extremo y producir. De modo que los cuentos de hadas se me metieron en el cerebro desde pequeña. Los finales felices eran los únicos que existían. El crimen paga, el amor siempre triunfa, y, sobre todo, dura para siempre.

Afortunadamente, era una niña demasiado curiosa como para ofrecer mi cerebro como hoja en blanco para que Mr. Disney & Co. Industries hicieran con él lo que quisieran. Las veía, las memorizaba, sí: pero no les creía. Nunca perdía la conciencia de que era todo un dibujito, un cuento, una historia. Me emocionaba, pero sentía que faltaba algo. ¿Por qué justo terminaban cuando ellos se casaban? ¿Qué pasaba después?

Con los años me puse más crítica, y empecé a darme cuenta que todas esas películas terminan en el principio. En el principio de una relación. Y claro, esa es la parte más fácil. Siempre pensás que vas a estar juntos para siempre, al principio. Siempre creés que es el amor de tu vida, más aún si es el primero y tenés quince años. Después alguno de los dos la corta y llorás como nunca habías llorado en tu vida, porque perdiste a tu amor, a tu verdadero amor.

Es por eso que llegué a una magnífica conclusión: todo culpa de Disney. Desde nuestra más tierna infancia, los cuentos de hadas nos convencen de que, indefectiblemente, en algún momento, vas a encontrar a el amor de tu vida. Que "allá afura" (?) hay alguien esperándote, tejiendo y destejiendo cual Penélope en Ítaca, a que llegues a su isla. Que ambos lo sabrán, lo sentirán infinitamente eterno, y vivirán juntos para siempre. Eso es mentira. Nada, absolutamente nada en el mundo nos asegura la felicidad eterna. Primero, porque somos seres mortales, y loco, enfrentalo, en algún momento te vas a morir. Pero, además, porque los cuentos de hadas son tramposos. Te la cortan en la mejor parte. El heroico caballero mata a un dragón, cruza la fosa en llamas, derrota a la malvada bruja, y, con un suave y tierno beso, despierta a la princesa, a quien está destinada para ser felices por siempre. Pero... ¿y después? ¿Qué pasa después?

Yo les voy a contar lo que pasa después.

En la fiesta de casamiento, se pelean porque ella quiere tulipanes como centro de mesa y cuestan una fortuna. En la noche de bodas, el príncipe se revela precoz y nuestra querida princesa es deflorada sin saber lo que es un orgasmo (y nunca lo sabrá gracias a su marido). Después de parir cinco niños bobos, la princesa comienza un affair con el hermano menor del Príncipe, y él mantiene una relación prohibida y homoerótica con su Capitán de la Guardia del Palacio desde mucho tiempo antes. Cuando finalmente el suegro la palma, al fin, ella es Reina, y eso afloja las tensiones domésticas porque su marido no aguantaba más ser el segundón. Pero entonces el nuevo Rey se hace abiertamente homosexual, la expulsa del Palacio y ella se refugia en las lejanas Indias del Imperio, donde comienza una nueva vida de sexo, opio y canto gregoriano con un comerciante que se hizo millonario por explotar indios en una mina de cobre.


Y, ese, muchachos... ese sí que es un final feliz.

Para mí sola

No sé muy bien por qué estoy escribiendo esto. Creo que, simplemente, necesito un espacio “para mí”. Es cierto que eso podría ser, no sé, un cuarto de mi casa o mi trabajo, pero creo que no sólo necesito un espacio, sino que tiene que ser “creativo”. Y mío.

Hace tres semanas que me mudé a este depto con Nacho, y todavía me cuesta acostumbrarme. No me malinterpreten: fue idea mía que nos mudáramos juntos. A mí ya se me estaba venciendo el contrato del depto anterior y él prácticamente vivía ahí porque no aguantaba seguir viviendo con su viejo. Así que cuando fue el momento de renovar el contrato o mudarse, le propuse de alquilar algo juntos. Después de todo, hace ya un año y medio que estamos juntos. Somos dos boludos grandes de veinti y tantos, llevamos bastante tiempo juntos, nos amamos… era lógico que nos mudáramos juntos. ¿No?

Aparte, es lindo. Dormir juntos todas las noches y cenar juntos, está bueno. De los 22 que me fui de los de mis viejos hasta los 26 (edad actual), viví siempre en el mismo depto mini de un ambiente “y medio” (aunque siempre me pareció un robo que una paredita que separa un espacio de un metro cuadrado califique como “medio ambiente”). Me gustaba, sí. Era chiquito pero cómodo, y no había mucho que limpiar tampoco. Si no tenía ganas de ordenar dejaba todo tirado y me chupaba un huevo. Si me pintaba pasar el domingo en joggin y remerita de algodón viendo Warner Channel y comiendo Chococrispis con leche lo hacía. Pero bueno. Ahora ya no. No es que no pueda. Nacho es divino y no creo que modifique su amor hacia mí el hecho de verme desparramada sobre el sillón mientras lloro viendo Gilmore Girls. Pero igual no da, ¿no?

Aparte, es mucho más lindo comer juntos que mirando la tele y teniendo a Ross y Rachel por única compañía. Y podemos pasarnos los domingos igual de pachorros, pero juntos. Tirados en la cama, en bolas, leyendo el diario, fumando, haciendo el amor. Me gusta. Estoy contenta.

Igual, es como que… no sé. Es estar todo el tiempo juntos. O sea, no todo el tiempo real, sino que el tiempo en casa es tiempo juntos. No puedo encerrarme en el baño a depilarme, por ejemplo: hay uno solo y él también lo necesita... Es como que tenemos que estar juntos. Y nada… no sé. Es como mucho. Me gustaría vivir de rentas (o tener un sueldo en euros) y poder comprar un depto viejo, lindo, que haya que arreglar pero que sea grande. Y podría tener mi propio espacio: un estudio, con biblioteca y la compu, para poder escribir y laburar en paz. No es que Nacho me saque paz. Pero sí me pasa que no tengo “mi” lugar. Ojalá tuviera (¿tuviéramos?) la guita como para alquilar algo más grande y poder tener mi espacio. Pero bueno. Es lo que hay.

Es raro, pero desde que nos mudamos como que nuestra vida sexual cambió bastante. Lo hacemos casi todas las noches. Nacho a veces no espera ni para cenar: el jueves pasado, sin ir más lejos, llegó y sin descolgarse el morral me arrastró hasta la habitación, comiéndome a besos. Yo tenía las manos mojadas y llenas de detergente pero no me dejó ni secármelas. Y en un santiamén (siempre me gustó esa palabra) estábamos desnudos, haciendo el amor. Nacho está muy feliz, y me pone feliz verlo así. Está entusiasmado con este paso de la relación, y yo también. Nomás me gustaría que fuera un poco más “conciente” de la casa, que me ayudara un toque a que no sea todo un caos. Yo cuando vivía sola no tenía problema en desordenar porque de última era mi quilombo, pero acá somos dos y el quilombo de uno es el quilombo del otro. Igual está bien, él nunca vivió solo y no se da cuenta de esas cosas; además la vieja siempre le fue atrás limpiándole y ordenándole todo como si fuera la mucama, así que no es su culpa, ¿no? A mí mi vieja me enseñó a ordenarme y limpiar, me educó así, y está bien. La de él no, qué se le va a hacer. Ya aprenderá, supongo. La verdad que me gustaría que haya cierta equidad en la casa, onda que si yo cocino, él lave los platos o algo así.

En fin, me di cuenta que el único momento que tengo “sola” es esta hora entre que llego del laburo y llega él. Así que decidí que en lugar de usarla para limpiar u ordenar (todavía tenemos cajas cerradas de la mudanza, y nos faltan estantes y muebles, y un lavarropas), voy a usarla para mí. No tendré un cuarto para mí, pero al menos tendré un blog. Algo es algo… ¿no?

Te abandono


A veces simplemente me dan ganas de cagarte a trompadas, encajarte una buena piña, bajarte los dientes y romperte la nariz. Dejarte tirado, sangrando, y terminar gritándote todo lo que nunca te dije. Que sos un infeliz que no sabe lo que es la intimidad, que tus problemitas te los inventás a gusto y piaccere por el mero placer de sentirte víctima un rato, que necesitás las luces de la controversia apuntándote en el escenario solitario de tu vida, y un público sollozante que se compadezca de vos. Sos patético. Sos un crío caprichoso y bobo que no sabe multiplicar fracciones; sos un recreo en penitencia voluntaria, una polilla devoradora de recuerdos. ¿Sabés qué? Sos la única persona de mi vida que lamento haber conocido. La única. Sos un lisiado emocional que no puede entender lo que pasa en los corazones de los demás, porque está demasiado ocupado masturbando el suyo. ¿Sabés? Lograste lo que nunca nadie había logrado en mi vida: que me arrepienta de haber estado con vos. Sentite orgulloso, idiota. Por fin tenés ese lugar irremplazable en mi historia que querías: sólo que en vez de ser un gran amor, sos el analfabeto funcional, la mancha de vergüenza en mi currículo sentimental. Vergüenza. De alguna vez haberte hecho un lugar en mi cama y mi corazón, del amor que alguna vez te tuve. Hoy pienso, incrédula… ¿cómo fue posible? ¿Cómo pude enamorarme de un peón desteñido que nunca se moverá de su casillero porque le aterra no poder volver para atrás? Porque sí, aunque quieras masturbarte mientras llorás convenciéndote de que nunca te quise, I have bad news for you, kid: yo sí te quise. Ese amor existió, aunque para vos sea más fácil convencerte de que no fue así por alguna razón extraña de tu mente de ermitaño empedernido. Nunca te atreviste a creerme porque sos un cobarde que se esconde en las profundidades de las trincheras creadas por tu incapacidad amatoria; trincheras menos dolorosas, al fin, que el vacío desierto de la verdad: que te quise, y te dejé de querer. Que la cosa, simplemente, no funcionó. Aghhh… me sacás de quicio!!! ¿Tanto te gusta ser la víctima? Por una vez en tu puta vida me gustaría que fueras la víctima de verdad y cagarte a trompadas. Quiero golpearte, lastimarte, tirarte al piso suplicante y que nadie en el mundo pueda sentir piedad por algo tan patético como una lombriz disecada cubierta por el barro rojo de un amor pasajero y huracanado. No quiero verte más, nunca más en mi puta vida. ¿Entendés? NUNCA-MÁS. Me producís tanta violencia que dudo que pueda contenerme. Quiero borrarte de mi presente y mi futuro tanto como quisiera borrarte de mi pasado. Quiero que seas un desconocido, un anónimo, un ignoto ausente como todos los transeúntes con los que me cruzo en Florida o Lavalle. La sangre me hierve de ira cuando pienso en los meses que estuvimos juntos. Todo era una pantomima sin espectadores: vos ofreciendo tu orgullo y dignidad como trapo de piso a mi conciencia, y yo declinándolo, amablemente. Vos llorando a moco tendido ante una pelea y yo oficiando de enfermera, consolándote. Vivías asustado, medido, mariconazo; yo te decía mis verdades menos filosas y vos sangrabas, pidiendo más, regodeándote en el sufrimiento que querías que te infligiera. Me tenías miedo. ¡Miedo! ¿Miedo de qué? ¿De perderme, estrecharme, ahogarme? Jamás en mi vida le huí al amor, imbécil. Creía que me conocías (vos aún hoy tenés la soberbia de creerlo). Hoy me dan ganas de abusar de ese miedo con violencia. Me violenta el recuerdo de tus ojos de pollito mojado, tus lágrimas bajo la lluvia que buscaban en mí una madre o una diva de Hollywood. Y yo… yo ni siquiera me acuerdo qué buscaba en vos. Un amor, un novio, una compañía de sábanas. Todo fue inundado por el asco que me producían tus chiquilinadas y la violencia que nunca te grité ni infligí en tu cuerpecito mortecino la pongo ahora acá, en palabras, lejos de donde puedas leerlas porque ya ni eso quiero, ya no quiero ni hablarte, ni escribirte ni verte, quiero que desaparezcas vos y tus recuerdos asquerosos con olor a homosexualidad reprimida y lágrimas fáciles. Te abandono, Matías. Así que no me busques más.

[punto G.]

Mientras toda la semana pasada anduve quejándome con mis amigas de la falta de hombres, nunca se me ocurrió que en efecto conocería a alguno. Esas cosas nunca suceden. No es que una puede pedirle al cielo o a la vida algo, y esta o aquél responden eficazmente y en seguida cual burócratas del destino. Sin embargo, esta vuelta me sorprendieron muy incrédulamente, y cruzaron por mi camino a un hombre más que apetecible.

Sin inocencia lo bautizaré como G.

Hace algunas noches conocí sus sábanas y su perfume. Yo me empalagué del sabor de su piel. Él prefirió volverse adicto a mi sexo.

Esa noche, mientras me ahogaba entre su cuello y sus hombros, su diestra supo pasearse por toda mi entrepierna. Con la tranquilidad de un explorador, inspeccionó milímetro a milímetro mi deseo, sin apuro. La parsimonia de sus dedos se detenía cuando mis gemidos le señalaban el punto exacto a estimular. Yo me abandoné a sus designios y él continuaba jugueteando, feliz.

Luego de un tiempo incalculable, sentí cómo sus dedos llevaban su exploración a las profundidades de mi cuerpo. Y, flexionándolos en mi interior, me susurró al oído:

G.: Este es el punto G...

Yo lo miré muy sorprendida. La verdad que nunca me lo había puesto a pensar. Siempre había dado por sentado que el famoso punto G era el mismísimo clítoris. Tan segura estaba de ello que ni siquiera lo había hablado con nadie.

SECRETA PORTEÑITA: ¿En serio?... Yo siempre creí que era este...

Tomé su mano y posando una yema de sus dedos sobre mi definición de tan famoso punto. Pero no.

G.: No, no, es este...

E insistió con su teoría vaginal.


Será que tengo un particular desarrollo de la sensibilidad clitorídea. O quizás poco en el punto que él insiste es el summum del orgasmo femenino. Lo cierto es que el primero siempre me ha dado grandes satisfacciones, mientras que el segundo se me hace un lugarcito más dentro de mi conchita como cualquier otro. Maitena pregunta en uno de sus chistes más viejos: "¿Usted nunca se sintió anormal?". Pues sí, querida madrina, muchas veces. Y esta duda me está sintiendo rara.

Traigo entonces esta inquietud a este pequeño diario íntimo/expuesto que tengo.


Quizás así no tenga que llamar a Alessandra para preguntarle, cual desorientada niña de 12 años "¿dónde queda el punto G?".

Sex & the City

El lunes estaba viendo la semanal e imperdible maratón de Sex & the City por Cosmopolitan, cuando mi mamá finalmente dejó el teléfono y decidió arrimarse al bochín. Cuando se dio cuenta de qué programa estaba viendo, arrancó una de las conversaciones más interesantes con mi madre en mucho tiempo.

No es la primera vez que defiendo este programa a capa y espada. He tenido varias discusiones sobre este tema, con hombres y con mujeres, a favor y en contra. Pero yo nunca cedo ni un centímetro. No con Sex & the City.

Para quienes no lo saben, he aquí el argumento: cuatro amigas neoyorquinas cristalizan distintos aspectos de una mujer, sin caer en estereotipos: la susanita obsesionada por su final feliz (Charlotte), la profesional y cínica, algo insegura de su belleza (Miranda), la fiera sexual y frívola (Samantha), y la protagonista, Carrie, sintetiza las tres vidas. El programa gira en torno a sus conversaciones, sus aventuras en la cama (o en cualquier lado apto para un polvo), y sus amores y desamores. Y es que el tema, justamente, no se agota en el sexo: refleja la importancia de un saludable desarrollo de la sexualidad femenina, pero no cae en promiscuidades. Las mujeres, como dice en el primer capítulo, podemos tener sex like a man, pero también nos pasan muchas otras cosas. Nos gusta vernos lindas, y por eso nuestras chicas se visten tan envidiablemente bien. Nos agarra el zsa zsa zsu (las mariposas) cuando conocemos a un hombre del que creemos que nos podemos enamorar. Nos quejamos de que no pueden comprometerse, pero cuando nos proponen matrimonio lo rechazamos. Vamos de tacos aguja al Carrefour, pero adoramos los joggins y remeras de algodón para ver películas en la cama. Nos gusta estar flacas, pero somos sacerdotizas del chocolate.

Hay mujeres que lo ven como un programa falso. No puede ver nada detrás de su estética glamorosa y newyorkina. Argumentan desde el materialismo: a quién le puede importar qué carajo les pasa a cuatro yanquis que se gastan U$S400.- en un par de Manolo Blahnik, comen todos los jodidos días afuera y coleccionan vibradores. No sólo no pueden dejar de ver las condiciones socioeconómicas del programa, sino que es todo lo que ven. El hecho de que "tienen plata" impregna toda la serie, es cierto, pero para estas argumentadoras opaca todo contenido. El fabuloso vestuario y la peluquería les nubla la vista y les cierra los oídos, en lugar de decorarlos y deleitarlos.

Algunos hombres lo ven como un programa feminista (como si éste fuera motivo suficiente para que sea malo). ¡Y claro que es feminista! Porque es una serie narrada desde un punto de vista exclusivamente femenino. Hasta los personajes masculinos, creo yo, son reflejos del imaginario femenino. Mr. Big es el hombre perfecto, con todo lo malo que eso significa. Aidan también es, a su manera, el hombre perfecto, pero es la contracara de Mr. Big. Lo que Aidan tiene de bueno es lo que Big tiene de malo, y viceversa. Ambos son hermosos. Ambos son hombres, y como tales, nos dice Carrie, en realidad son imperfectos.
Más allá de este ejemplo, insisto: Sí, Sex & the City es un programa feminista, por el simple hecho de plantearse desde el género femenino como elección discursiva. Y eso, caballeros, no tiene nada de malo.

Mi mamá simplemente no pueden escuchar a cuatro mujeres hablar tan explícitamente de sexo. Samantha es el paradigma de la vergüenza ajena. Hace y dice todo lo que nos cuesta hacer y decir a las mujeres. Es el personaje más conectado con su cuerpo y su deseo. Y sin embargo, eso no la exime de autojuzgarse en algún capítulo que otro, cuando le rompen en corazón.

Sex & the City es una propuesta en paquete. Hay que comprender que sus múltiples contenidos son algo que tenemos que tomar en conjunto para poder disfrutarlo. El exquisito vestuario de Patricia Field no serviría de nada sin las eternas dudas de Carrie, los polvos improvisados de Samantha, la adorable inocencia de Charlotte o la imperdible acidez de Miranda. Y viceversa. Sex & the City es el todo: es los zapatos, las pijas y las tetas, los amigos gays, las lágrimas por rupturas, los cuernos y la peluquería. Es un universo femenino detallado y salpimentado con mucho humor.

Más allá de las barreras geográficas, idiomáticas, generacionales, o de clase, Sex & the City es un programa sobre mujeres en la agobiante vida de una gran ciudad.
Aunque con menos plata y glamour, y algunos kilos de más, eso soy yo.
Y eso somos todas las porteñitas de nuestra Gran Manzana latinoamericana.

Un orgasmo entero

Desde la pérdida de mi virginidad, habían pasado unos cinco años. Sucesivos amores monogámicos me habían cerrado las piernas a otros hombres receptivos. La falta de experiencia acompañaba la ausencia de orgasmos y desinhibiciones. El presente me encontraba en Barcelona, sola, conociendo gente nueva, arquitecturas centenarias, y hombres deliciosos hasta la médula. Particularmente uno: un catalán rubio y de ojos verdes como los mares de Grecia que no dudó en insinuárseme desde el principio.

A pesar del cartel en mi cuello que rezaba "Tengo novio", R. no dudó en dejar claras sus intenciones. Yo me babeaba por dentro pero la fidelidad me encadenaba la entrepierna y me turbaba el corazón. Finalmente, una noche lo vi sobre un escenario y decidí convertirme en una chica mala. Si no era entonces, no lo sería nunca.

La casa de sus padres estaba vacía, y el inmenso sillón de cuero sirvió de cama cuando caímos redidos después de una noche de gira. A lo largo de la mañana me despertaba e intentaba acariciarlo, pero el sueño de ambos era más fuerte. Hasta que, finalmente!, ya descansados, se abrió el juego.

Nunca pude recordar la suceción de hechos.
Las manos recorrían ambos cuerpos, indistintamente,
porque igual daba tocarme a mí o tocarlo a él,
mientras tocara.

Tuvimos la ropa puesta más de una hora;
no queríamos apresurarnos.
¿Para qué,
si el tiempo se estiraba?...
Todo era disfrutable.

No había superficie acariciada y acariciante,
más bien un océano caliente de pieles juntas y ropas insignificantes
que subían la marea conforme se acercaba el mediodía.

Cada respiro era una bendición por estar viva,
por poder seguir viviendo para estar ahí,
en su cuerpo y en el mío,
que eran todo el presente.

Había soltado las amarras de mi cabeza, y me dejé caer por la borda,
hundiéndome en el mar caliente del goce erótico,
ahogándome en el placer de tener un cuerpo que pueda sentir tanto
todo junto.

Yo me hundía,
él me desnudaba.

Y el tiempo era un caldo desbordante que chorreaba por la ventana,
como el túnel de mis piernas, como su aire en mi boca seca de aire,
abierta de par en par,
robando bocanadas para respirar en ese mar caliente y explosivo.

Porque el cuerpo se me salía de encima,
se me caía,
el cuerpo se me agrandaba y se inflaba,
ocupaba todo el espacio del sillón que era inmenso, y seguía creciendo.
El cuerpo se me escapaba como un Eva fuera de control,
autónomo y libre,
que explotaba en millones de átomos vibrantes,
se convertía en ráfagas de tormenta de arena.
Todo él era un orgasmo entero
hecho de carne, hueso y placer.

En mi vida tuve dos primeras veces. Una fue la primera vez que tuve sexo.

La otra fue la primera vez que entendí lo que significaba.