Desde la pérdida de mi virginidad, habían pasado unos cinco años. Sucesivos amores monogámicos me habían cerrado las piernas a otros hombres receptivos. La falta de experiencia acompañaba la ausencia de orgasmos y desinhibiciones. El presente me encontraba en Barcelona, sola, conociendo gente nueva, arquitecturas centenarias, y hombres deliciosos hasta la médula. Particularmente uno: un catalán rubio y de ojos verdes como los mares de Grecia que no dudó en insinuárseme desde el principio.
A pesar del cartel en mi cuello que rezaba "Tengo novio", R. no dudó en dejar claras sus intenciones. Yo me babeaba por dentro pero la fidelidad me encadenaba la entrepierna y me turbaba el corazón. Finalmente, una noche lo vi sobre un escenario y decidí convertirme en una chica mala. Si no era entonces, no lo sería nunca.
La casa de sus padres estaba vacía, y el inmenso sillón de cuero sirvió de cama cuando caímos redidos después de una noche de gira. A lo largo de la mañana me despertaba e intentaba acariciarlo, pero el sueño de ambos era más fuerte. Hasta que, finalmente!, ya descansados, se abrió el juego.
Nunca pude recordar la suceción de hechos.
Las manos recorrían ambos cuerpos, indistintamente,
porque igual daba tocarme a mí o tocarlo a él,
mientras tocara.
Tuvimos la ropa puesta más de una hora;
no queríamos apresurarnos.
¿Para qué,
si el tiempo se estiraba?...
Todo era disfrutable.
No había superficie acariciada y acariciante,
más bien un océano caliente de pieles juntas y ropas insignificantes
que subían la marea conforme se acercaba el mediodía.
Cada respiro era una bendición por estar viva,
por poder seguir viviendo para estar ahí,
en su cuerpo y en el mío,
que eran todo el presente.
Había soltado las amarras de mi cabeza, y me dejé caer por la borda,
hundiéndome en el mar caliente del goce erótico,
ahogándome en el placer de tener un cuerpo que pueda sentir tanto
todo junto.
Yo me hundía,
él me desnudaba.
Y el tiempo era un caldo desbordante que chorreaba por la ventana,
como el túnel de mis piernas, como su aire en mi boca seca de aire,
abierta de par en par,
robando bocanadas para respirar en ese mar caliente y explosivo.
Porque el cuerpo se me salía de encima,
se me caía,
el cuerpo se me agrandaba y se inflaba,
ocupaba todo el espacio del sillón que era inmenso, y seguía creciendo.
El cuerpo se me escapaba como un Eva fuera de control,
autónomo y libre,
que explotaba en millones de átomos vibrantes,
se convertía en ráfagas de tormenta de arena.
Todo él era un orgasmo entero
hecho de carne, hueso y placer.
En mi vida tuve dos primeras veces. Una fue la primera vez que tuve sexo.
La otra fue la primera vez que entendí lo que significaba.
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miércoles, agosto 12, 2015
Un orgasmo entero
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Porteñita Secreta
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R.,
Sexo sin amor
Me toco pensando en vos
Cada noche que me acuesto a dormir, cierro los ojos y elijo en quién quiero pensar para masturbarme esta noche.
No se trata sólo de elegir un co-protagonista. Se trata de escribir su historia. Me gusta que mis fantasías sean reales, posibles. Pausibles de suceder.
Tomemos un ejemplo X, y hagámoslo masculino. Me imagino bajo qué circunstancias podría encontrarme con X: si me lo cruzo en la facultad, si nos encontramos casualmente en Gorriti y Scalabrini Ortiz, o si me invita a su casa a ver unas pelis y tomar cerveza. Me apasiona detallar cómo se va desarrollando el clima: la tensión sexual, el deseo tácito en las palabras, los posibles roces. Puede ser sutil, discreto, que la corriente vaya fluyendo hasta la cama; o puede ser crudo, autopístico, voraz. Depende del co-protagonista, y de ganas de qué tenga esa noche. A veces me toco pensando en abrazos de algodón, y a veces me atan contra un árbol de corteza.
Anoche tuve una nueva que me encantó. La comparto con ustedes:
Me vi en su depto (deconocido, imaginado), en el living precisamente. No sé cómo llegamos ahí. Tampoco importa. En algún momento se va a la cocina, a buscar más vino según mi guión. Ese es el punto clave en el que mi soledad momentánea me hace un click de deseo y decisión. Cuando vuelve, me ve parada de frente, mirándolo a los ojos, y como él es como yo quiero y no como es, entiende y se queda quieto. Devolviéndome la mirada, expectante y paciente.
Lentamente, comienzo a desnudarme. Él no me quita los ojos de en cima. Yo juego con la mirada; a veces se la clavo, a veces me distrae algún cierre relámpago, o un botón. Él tiene todavía la botella en una mano, cerrada, y el destapador en la otra. Yo me bajo el pantalón, me desabrocho la blusa (siempre es conveniente tener blusa en las fantasías), y sigo mirándolo. El silencio reina detrás de algún jazz que suena.
El corpiño desabrochado pende de mis hombros, inerte. Bajo los brazos y se resbala. Entre mi desnudez y yo sólo quedan las bragas. Me las bajo hasta las rodillas, me incorporo y, siempre fijándome en sus ojos, flexiono una para sacarlas.
Sólo queda el gancho en mi pelo de rodete de secretaria. Finalmente libre, la cortina indomable me cubre los hombros, y ahí sí que nos miramos largo y tendido. Él con vino y ropa, yo desnuda y blanca, salvo por mi pulsera de plata brillando en el jazz. A tres metros del otro.
Hay algo en mi desnudez y en la ropa del otro que me excita mucho. Quizás sea el propio cuerpo como un objeto de deseo de uno mismo. Quizás sea el desbalance de poder que implica. Quizás, la protección que puedo esperar del otro al verme tan vulnerable. No lo sé. Sólo sé que mientras él deja la botella de vino y el destapador sobre la mesa, y se acerca, las gotas de placer recorren mi entrepierna.
¿Y después?...
Aaah, bueno...
Yo ya hice mi jugada.
Supongo que el resto lo tendrá que descubrir.
No se trata sólo de elegir un co-protagonista. Se trata de escribir su historia. Me gusta que mis fantasías sean reales, posibles. Pausibles de suceder.
Tomemos un ejemplo X, y hagámoslo masculino. Me imagino bajo qué circunstancias podría encontrarme con X: si me lo cruzo en la facultad, si nos encontramos casualmente en Gorriti y Scalabrini Ortiz, o si me invita a su casa a ver unas pelis y tomar cerveza. Me apasiona detallar cómo se va desarrollando el clima: la tensión sexual, el deseo tácito en las palabras, los posibles roces. Puede ser sutil, discreto, que la corriente vaya fluyendo hasta la cama; o puede ser crudo, autopístico, voraz. Depende del co-protagonista, y de ganas de qué tenga esa noche. A veces me toco pensando en abrazos de algodón, y a veces me atan contra un árbol de corteza.
Anoche tuve una nueva que me encantó. La comparto con ustedes:
Me vi en su depto (deconocido, imaginado), en el living precisamente. No sé cómo llegamos ahí. Tampoco importa. En algún momento se va a la cocina, a buscar más vino según mi guión. Ese es el punto clave en el que mi soledad momentánea me hace un click de deseo y decisión. Cuando vuelve, me ve parada de frente, mirándolo a los ojos, y como él es como yo quiero y no como es, entiende y se queda quieto. Devolviéndome la mirada, expectante y paciente.
SECRETA PORTEÑITA
Quedáte ahí...
Quedáte ahí...
Lentamente, comienzo a desnudarme. Él no me quita los ojos de en cima. Yo juego con la mirada; a veces se la clavo, a veces me distrae algún cierre relámpago, o un botón. Él tiene todavía la botella en una mano, cerrada, y el destapador en la otra. Yo me bajo el pantalón, me desabrocho la blusa (siempre es conveniente tener blusa en las fantasías), y sigo mirándolo. El silencio reina detrás de algún jazz que suena.
El corpiño desabrochado pende de mis hombros, inerte. Bajo los brazos y se resbala. Entre mi desnudez y yo sólo quedan las bragas. Me las bajo hasta las rodillas, me incorporo y, siempre fijándome en sus ojos, flexiono una para sacarlas.
Sólo queda el gancho en mi pelo de rodete de secretaria. Finalmente libre, la cortina indomable me cubre los hombros, y ahí sí que nos miramos largo y tendido. Él con vino y ropa, yo desnuda y blanca, salvo por mi pulsera de plata brillando en el jazz. A tres metros del otro.
Hay algo en mi desnudez y en la ropa del otro que me excita mucho. Quizás sea el propio cuerpo como un objeto de deseo de uno mismo. Quizás sea el desbalance de poder que implica. Quizás, la protección que puedo esperar del otro al verme tan vulnerable. No lo sé. Sólo sé que mientras él deja la botella de vino y el destapador sobre la mesa, y se acerca, las gotas de placer recorren mi entrepierna.
¿Y después?...
Aaah, bueno...
Yo ya hice mi jugada.
Supongo que el resto lo tendrá que descubrir.
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Sexo sin amor
La previa (ring ring)
Cuando era virgen, siempre me masturbaba pensando directamente en la penetración, el bombeo, el "metémela toda", esas cosas. Con más años y bailes encima, fui entendiendo que, si bien la penetración puede ser un momento de éxtasis animal, casi instintivo, la previa puede producir mucho más placer. Porque la previa se trata de eso: de aletargar el deseo, estirarlo lo más posible, desparramarlo por todo el presente que es un tiempo breve y condicionado, porque es un presente que sólo existe en tanto hay un futuro, el de la penetración, que va a hacer que todo este ebulliciente deseo explote por los aires.
El siglo XXI nos ha traído nuevos soportes para nuestra sexualidad. Gracias a la tecnología moderna, gracias al MSN, podemos tener previas de días, incluso meses, hasta el momento en que finalmente dos personas se fundan de deseo. Las previas han extendido el presente erótico, alimentando la imaginación, aletargando aún mucho más el deseo. Volviéndonos seres constantemente excitados y expectantes.
El MSN puede transformarse en oscuros cuartos de hotel por turnos, dadas las condiciones. A veces las madrugadas nos encuentran esperando a que X se conecte, sintiendo mariposas de fuego en la entrepierna cuando nos habla, y luego yéndonos a dormir autosatisfechas, fantaseando con cuándo nos cojerá de verdad.
Pero hay un paso anterior al verse cara a cara. Un paso lleno de intimidad, secreto y noche; un paso de susurros, gemidos y distancia. No sé ustedes, pero yo, personalmente, disfruto muchísimo una charla hot por teléfono.
Es como la previa por antonomasia. Desde el momento en que marcás SEND, sabés que te vas a excitar, que te vas a tocar, que vas a tener que cambiar las sábanas cuando venga tu novio para que no sospeche nada raro. Y que, cuanto mejor salga la charla, con más ganas te vas a quedar. Pero hay algo en el timing del deseo que no puede contenerse. Cuando lo escrito ya no alcanza (sea MSN o SMS), necesitás escuchar esa voz susurrante, de 40ºC, que te relate cómo te desvistiría mientras acariciás tu soledad desnuda.
Creo que el sexo telefónico me gusta tanto por la necesidad de decir las cosas. Te obliga a a vos y a tu afortunada pareja de turno a ser lo más explícitos con las palabras que su pudor lo permita. Si realmente quieren excitarse, tienen decirse lo que quieren decirse, soltar la lengua, decirlo como es, bien burdo. Tiene que animarse a decirte, por ejemplo
Y vos tenés que animarte a decirle
PS
...que está toda taaaan mojadita, esperándote...
Y él
El siglo XXI nos ha traído nuevos soportes para nuestra sexualidad. Gracias a la tecnología moderna, gracias al MSN, podemos tener previas de días, incluso meses, hasta el momento en que finalmente dos personas se fundan de deseo. Las previas han extendido el presente erótico, alimentando la imaginación, aletargando aún mucho más el deseo. Volviéndonos seres constantemente excitados y expectantes.
El MSN puede transformarse en oscuros cuartos de hotel por turnos, dadas las condiciones. A veces las madrugadas nos encuentran esperando a que X se conecte, sintiendo mariposas de fuego en la entrepierna cuando nos habla, y luego yéndonos a dormir autosatisfechas, fantaseando con cuándo nos cojerá de verdad.
Pero hay un paso anterior al verse cara a cara. Un paso lleno de intimidad, secreto y noche; un paso de susurros, gemidos y distancia. No sé ustedes, pero yo, personalmente, disfruto muchísimo una charla hot por teléfono.
Es como la previa por antonomasia. Desde el momento en que marcás SEND, sabés que te vas a excitar, que te vas a tocar, que vas a tener que cambiar las sábanas cuando venga tu novio para que no sospeche nada raro. Y que, cuanto mejor salga la charla, con más ganas te vas a quedar. Pero hay algo en el timing del deseo que no puede contenerse. Cuando lo escrito ya no alcanza (sea MSN o SMS), necesitás escuchar esa voz susurrante, de 40ºC, que te relate cómo te desvistiría mientras acariciás tu soledad desnuda.
Creo que el sexo telefónico me gusta tanto por la necesidad de decir las cosas. Te obliga a a vos y a tu afortunada pareja de turno a ser lo más explícitos con las palabras que su pudor lo permita. Si realmente quieren excitarse, tienen decirse lo que quieren decirse, soltar la lengua, decirlo como es, bien burdo. Tiene que animarse a decirte, por ejemplo
X
Sentí cómo, lentamente, la punta de mi lengua recorre tus piernas, acercándome cada vez más a tu conchita...
Sentí cómo, lentamente, la punta de mi lengua recorre tus piernas, acercándome cada vez más a tu conchita...
Y vos tenés que animarte a decirle
PS
...que está toda taaaan mojadita, esperándote...
Y él
X
¿Sí?... ¿Mucho?...
PS
Sí, muuuucho... de verdad...
X
Mhmmm... Sentí cómo me voy acercando, vada vez más... Hasta que sentís mi respiración en tu entrepierna, y te recorro la conchita de arriba a abajo, sólo con la punta de mi lengua, para sentirte tan húmeda y caliente...
PS
Mhhmhh... qué rico... ¿y sabés qué me encantaría...?
X
¿Qué, bonita?...
PS
Que te toques pensando en mí.
¿Sí?... ¿Mucho?...
PS
Sí, muuuucho... de verdad...
X
Mhmmm... Sentí cómo me voy acercando, vada vez más... Hasta que sentís mi respiración en tu entrepierna, y te recorro la conchita de arriba a abajo, sólo con la punta de mi lengua, para sentirte tan húmeda y caliente...
PS
Mhhmhh... qué rico... ¿y sabés qué me encantaría...?
X
¿Qué, bonita?...
PS
Que te toques pensando en mí.
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Sexo sin amor
Sexo cannábico
Desde que leí la nota de tapa del nº7 de la revista THC, tengo ganas de hacer este post. Más allá de que la revista es una masa, y se las recomiendo, esa nota en particular fue increíble. Escrita por Marta Dillon, directora del suplemento Las/12 (también altamente recomendable), fue una de las mejores lecturas de este año. Me inspiró... digamos, mucho. Muchísimo.
Y por otro lado, una gran noticia: ayer se despenalizó el consumo personal de marihuana (aunque no puedo encontrar ningún diario que lo haya dicho, con lo que no puedo dejarles el link). Me parece un gran motivo para festejar, y una buena excusa de coyuntura para que finalmente haga este post. Así que, celebrando este hecho (¿algún lector está en contra?), y retomando a Dillon, me prendo la tuca que me queda y me siento a escribir.
Lo cierto es que el artículo de THC arranca con una escena. Ella está acostada, fumando (marihuana), y viendo a su novia dormir. Y comienza a relatar cómo la desea, la acaricia, la despierta, y lentamente empiezan a hacer el amor ("ella dormida, yo fumada"), perdiéndose en olas, en metáforas precisas, y en visuales muy claras. Yo no sé si fue porque justamente estaba drogada mientras lo leía, pero fue impresionante lo mucho que me excité al leerlo. Era prolijo, exacto, no repetitivo: describía con plumas y desgarres un acto sexual marihuanado. Era un acto de amor fortísimo y erótico. Me excité muchísimo, y agradecí no ser hombre. Sino, me hubiera escrachado una terrible erección...
Yo sé que el sexo sin drogas puede ser increíble. No necesita de estimulantes externos para ser alucinante. Pero hay algo en el sexo cannábico que suaviza, que irradia, que lo hace diferente, y sí, mejor.
Cuando tengo sexo fumada, siento con cada centímetro, cada milímetro, la piel del otro, su olor, su sudor, su excitación. Tengo un cuerpo entero, hinchado y muy delicado. Desarrollo una sensibilidad nanométrica, hacia afuera, y hacia adentro. Todo mi cuerpo se vuelve estimulante: la cintura, los dedos, los pies; todo es un gran órgano nervioso y sensible, caliente hasta el Infierno. Me entrego totalmente a los estímulos, al tacto, al gusto, al olfato y al oído. No tanto a la vista, ya que suelo cerrar los ojos. Es como si los otros sentidos estuvieran saturados, congestionados, y la vista se volviera prescindible; están pasando demasiadas cosas importantes hacia adentro, como para tener los ojos afuera.
Admito que cuando fumo también me vuelvo medio maniquí. Todos sabemos que hay un pasivo y un activo en el sexo. No hablo de la penetración, sino de la actitud: hay uno que devora, y otro que es devorado. Yo suelo intercalar. Pero cuando fumo, quiero ser devorada. Quiero entregarme totalmente, abandonarme a mi deseo y al del otro, que me desea tanto. Quiero que me explore, me investigue y me resuelva; quiero que encuentre mis zonas eróticas que trascienden las cotidianas, él solito, sin que yo le diga nada. Que no pueda acordarse del mundo que empieza afuera de mí; que esté completamente absorto y dedicado a descubrirme y a hacerme gritar de goce.
El momento de la penetración también es sublime. Es como si todo mi cuerpo desapareciera, se convirtiera en átomos flotantes, menos mi entrepierna. La siento con una exactitud que asombra: realmente, puedo sentir todo mi interior, mojada, caliente, dilatada. Mi conchita se abre de par en par, hospitalaria: invitando, insistiendo, y hasta rogando, que por favor no la dejen así, que necesita ahora mismo un complemento carnoso y duro que le dé sentido a su existencia. Sentir cómo me entran, me clavan, me vuelven a salir, es todo lo que sé hacer en ese momento. Paso a ser un animal, una inútil, que sólo sabe coger, o ser cogida; no me interesa nada más que este presente gozoso, brutal, increíblemente importante. Sólo quiero seguir, seguir, seguir hasta caer rendida, hasta enchastrar todas las sábanas, todo el cuerpo, todo el planeta que es sólo esta cama.
Hasta que naufrago en un mar de humo dulce y olores fuertes. Hasta que me duermo, agotada, desnuda y aún mojada, en un pasado de grandes recuerdos.
Y por otro lado, una gran noticia: ayer se despenalizó el consumo personal de marihuana (aunque no puedo encontrar ningún diario que lo haya dicho, con lo que no puedo dejarles el link). Me parece un gran motivo para festejar, y una buena excusa de coyuntura para que finalmente haga este post. Así que, celebrando este hecho (¿algún lector está en contra?), y retomando a Dillon, me prendo la tuca que me queda y me siento a escribir.
Lo cierto es que el artículo de THC arranca con una escena. Ella está acostada, fumando (marihuana), y viendo a su novia dormir. Y comienza a relatar cómo la desea, la acaricia, la despierta, y lentamente empiezan a hacer el amor ("ella dormida, yo fumada"), perdiéndose en olas, en metáforas precisas, y en visuales muy claras. Yo no sé si fue porque justamente estaba drogada mientras lo leía, pero fue impresionante lo mucho que me excité al leerlo. Era prolijo, exacto, no repetitivo: describía con plumas y desgarres un acto sexual marihuanado. Era un acto de amor fortísimo y erótico. Me excité muchísimo, y agradecí no ser hombre. Sino, me hubiera escrachado una terrible erección...
Yo sé que el sexo sin drogas puede ser increíble. No necesita de estimulantes externos para ser alucinante. Pero hay algo en el sexo cannábico que suaviza, que irradia, que lo hace diferente, y sí, mejor.
Cuando tengo sexo fumada, siento con cada centímetro, cada milímetro, la piel del otro, su olor, su sudor, su excitación. Tengo un cuerpo entero, hinchado y muy delicado. Desarrollo una sensibilidad nanométrica, hacia afuera, y hacia adentro. Todo mi cuerpo se vuelve estimulante: la cintura, los dedos, los pies; todo es un gran órgano nervioso y sensible, caliente hasta el Infierno. Me entrego totalmente a los estímulos, al tacto, al gusto, al olfato y al oído. No tanto a la vista, ya que suelo cerrar los ojos. Es como si los otros sentidos estuvieran saturados, congestionados, y la vista se volviera prescindible; están pasando demasiadas cosas importantes hacia adentro, como para tener los ojos afuera.
Admito que cuando fumo también me vuelvo medio maniquí. Todos sabemos que hay un pasivo y un activo en el sexo. No hablo de la penetración, sino de la actitud: hay uno que devora, y otro que es devorado. Yo suelo intercalar. Pero cuando fumo, quiero ser devorada. Quiero entregarme totalmente, abandonarme a mi deseo y al del otro, que me desea tanto. Quiero que me explore, me investigue y me resuelva; quiero que encuentre mis zonas eróticas que trascienden las cotidianas, él solito, sin que yo le diga nada. Que no pueda acordarse del mundo que empieza afuera de mí; que esté completamente absorto y dedicado a descubrirme y a hacerme gritar de goce.
El momento de la penetración también es sublime. Es como si todo mi cuerpo desapareciera, se convirtiera en átomos flotantes, menos mi entrepierna. La siento con una exactitud que asombra: realmente, puedo sentir todo mi interior, mojada, caliente, dilatada. Mi conchita se abre de par en par, hospitalaria: invitando, insistiendo, y hasta rogando, que por favor no la dejen así, que necesita ahora mismo un complemento carnoso y duro que le dé sentido a su existencia. Sentir cómo me entran, me clavan, me vuelven a salir, es todo lo que sé hacer en ese momento. Paso a ser un animal, una inútil, que sólo sabe coger, o ser cogida; no me interesa nada más que este presente gozoso, brutal, increíblemente importante. Sólo quiero seguir, seguir, seguir hasta caer rendida, hasta enchastrar todas las sábanas, todo el cuerpo, todo el planeta que es sólo esta cama.
Hasta que naufrago en un mar de humo dulce y olores fuertes. Hasta que me duermo, agotada, desnuda y aún mojada, en un pasado de grandes recuerdos.
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domingo, junio 19, 2011
Tres pijas
León tiene razón. Soy muy puta. Soy tan puta que ayer chupé tres pijas. Así es. En un mismo día, tres pijas diferentes. Divinas, todas. Duras, al palo, llenas de sangre caliente, rocosas, indestructibles. La de Gonzalo fue la primera. Me agarraba las tetas mientras yo cuidaba las papas en la sartén. Ingenuo, el hombre cachondo. Me mordía el cuello, fuerte, vampiramente. Me apoyaba con una erección incareteable, y yo con tanto aceite hirviendo cerca. Me di vuelta y me comió el cuello. Se negaba, el tierno. Decía que no quería irse con dolor de huevos. Pobre. Como si fuera a importarme. Lo aplasté contra la pared y me arrodillé. Un poco de pija antes de comer nunca viene mal.
La segunda fue la de León. No voy a dar detalles porque merece post propio. Sólo adelantaré que me está entrenando para chuparla mucho, pero mucho mejor. Por ahora, imaginen.
La tercera fue de rebote. Un amigo cayó a las 5.30AM. Quería probarme las tetas, el manija. Uno de los que se me puso de novio cuando empezábamos a pegar onda. Y ahora quería teta. Y vino y probó teta, y tocó concha y la encontró caliente y mojada, y se puso contento y sorprendido. Y sigue de novio. Estaba muy al palo. Tan al palo que ni él se lo podía creer. Conoce este blog, el manija. Me conoce de antes y le confesé que soy Porteñita, porque él también escribe porno. Debe haberse formado una imagen de mí como gran puta talentosa. Me dio ese feeling. Le chupé la pija como León me enseñó. Tenía razón. Los vuelve locos.
Mientras me ponía la tercera dosis poronga del día en la boca, reflexioné.
¿No será mucho?
Nah.
La segunda fue la de León. No voy a dar detalles porque merece post propio. Sólo adelantaré que me está entrenando para chuparla mucho, pero mucho mejor. Por ahora, imaginen.
La tercera fue de rebote. Un amigo cayó a las 5.30AM. Quería probarme las tetas, el manija. Uno de los que se me puso de novio cuando empezábamos a pegar onda. Y ahora quería teta. Y vino y probó teta, y tocó concha y la encontró caliente y mojada, y se puso contento y sorprendido. Y sigue de novio. Estaba muy al palo. Tan al palo que ni él se lo podía creer. Conoce este blog, el manija. Me conoce de antes y le confesé que soy Porteñita, porque él también escribe porno. Debe haberse formado una imagen de mí como gran puta talentosa. Me dio ese feeling. Le chupé la pija como León me enseñó. Tenía razón. Los vuelve locos.
Mientras me ponía la tercera dosis poronga del día en la boca, reflexioné.
¿No será mucho?
Nah.
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sábado, julio 04, 2009
Mariposa Pontiac
Sabíamos que las presentaciones formales y los modales sociales nos sobraban, pero decidimos guardar las formas durante alguna hora para aparentar normalidad. Un poco de careta propia y ajena dibujada en los pocos rostros que nos acompañaban en el bar me divertía y anticipaba una noche de miércoles memorable. Reconociste el verde en mis ojos sin antifaz y te alegró la buena noticia. Yo me encargaba de tragar cerveza sin haber cenado; había que apalear esos dos litros cuanto antes porque la calentura me arañaba la ansiedad y me secaba la garganta. Cumpliendo con tu papel me acompañabas empinando el codo y robándome algún beso incontenible. Besabas bien y quise irme de ahí.
Decidí hacerte especial para mí, llevándote donde no había ido nunca. Me antojabas y quería saciarme, disfrutarte y abandonarte, sin intenciones de volverte a ver.
Pero cuando entramos a la habitación la rueda del deseo comenzó a girar a 200km por hora...
Tenías que bañarte y sin tiempo para detenerte me arrojaste sobre la cama, como una muestra gratis y breve de tus intenciones. Sin resistencia volviste a levantarte de mi cuerpo vestido para desnudar el tuyo y abrir la canilla de agua caliente. Yo tenía cosas más importantes que hacer, así que saqué de las profundidades de mi cartera mi latita de caramelos ingleses que guarda felicidad en hebras verdes. Yo fumaba, vos te desvestías, y la ducha sudaba vapor. Acerqué el porro a tus labios desnudos y fumaste de mis manos como una paloma confianzuda y desprotegida. Tu erección brillaba, luminosa entre nosotros, hasta que te dirigiste al vapor que inundaba la habitación. Me dediqué a contemplar tu cuerpo forjado por un maestro del buen gusto mientras el humo dulce y el vapor entraban a mis pulmones. Te observé disfrutar del agua hirviendo que golpeaba contra tus hombros, tu cabeza y tu sexo aún y por siempre erecto. ¿Puedo acompañarte? Claro que sí, permitiste. Dos segundos después me tenías desnuda y fumada en la puerta de la ducha. Ansioso, desesperado, no soportaste la visión impólumne, y te arrodillaste bajo la cascada hirviente para devorar mi sexo.
Fue el mejor comienzo que podías darme.
Porque entonces mis rodillas se doblaron, mi boca dejó escapar un aullido y mi mano derecha te sacudió el pelo, empapado, mientras la izquierda sostenía aún la droga. Con el centímetro de conciencia que me quedaba atiné a colocar el cigarrillo sobre una columna, y me desplomé dentro de la ducha. El agua quemaba, hervía, y el vapor sofocaba mientras me dominabas bajo la catarata ardiente. Te arrinconé contra la pared para devolverte todo lo que me habías dado: ahora yo era la arrodillada, la que recibía en su espalda los latigazos del agua hirviendo y la que se devoraba tu sexo. Ingenua, creía que ya estabas jugado. Pero tu devoción a mi clítoris era mayor de la que jamás hubiera soñado. Nuevamente me obligaste a entregártelo, a levantarme arrinconarme y abrir las piernas para que volvieras a tu lugar favorito en el mundo. Nunca había estado con un hombre que goce tanto de realizar sexo oral. Nunca me hizo tan feliz.
Salir de la ducha fue entrar a una habitación fría e indiferente. El vapor me había acostumbrado el cuerpo a su temperatura infernal, y volver a la Tierra me trajo piel de gallina, tiriteos y temblores. Nos secamos y me metí como pude en la cama, intentando cubrirme, temblando de frío como una enferma febril por tu culpa y tu talento de volverme un cuerpo a tu disposición.
"No te secaste bien", observé tiritanto, a la par que tu cabeza volvía a dirigirse, golosa, a mi entrepierna. "¿Importa?" respondiste pícaro, goloso, inteligente. Y volviste a pasear tu lengua por los rincones de mi sexo hinchado, degustando cada milímetro. Nunca había sentido tanto frío y tanto calor juntos. Mi piel se erizó como un cactus de seda blanca y parí un aullido profundo con cada orgasmo. Retomé la marihuana y vos seguías sumergido; feliz, cumplí el sueño de fumar y ser fumada a la vez.
El cielo brillaba oscuro bajo la luna menguante, pero nosotros nos rompimos en una tormenta de piel. Te devoré y me devoraste sin pausas y sin cortes, desatados de todo mundo exterior, concentrados únicamente en generar y recibir placer, en disfrutarnos y gozarnos hasta la última gota. Sé que te gustó tanto como a mí. Tu cara se desfiguraba bajo mis besos y mordiscos, tu cuerpo se movía completamente ajeno a tu voluntad. No podías controlarlo, no a todo. No había pensamientos ni raciocinio; sólo impulsos, deseos, sexo violento, ardiente y longevo. Perdí la cuenta de las horas que pasamos en esa habitación, cogiendo como si nada más importase, como si el mundo se terminara mañana. Años han pasado desde la última vez que un hombre llegó a tu mérito. Había olvidado lo perfecto que, a veces, puede ser el sexo. Es fusión, sincronización absoluta entre dos cuerpos y dos voluntades; entre dos genitales, cuatro manos, cuatro piernas, veinte dedos. El antiguo y abandonado orgasmo entero volvió a inundarme el cuerpo gracias a vos. Por primera vez en mucho tiempo no cogí, sino que fui cogida. Me cogieron. Me cogiste. Y me encantó.
Decidí hacerte especial para mí, llevándote donde no había ido nunca. Me antojabas y quería saciarme, disfrutarte y abandonarte, sin intenciones de volverte a ver.
Pero cuando entramos a la habitación la rueda del deseo comenzó a girar a 200km por hora...
Tenías que bañarte y sin tiempo para detenerte me arrojaste sobre la cama, como una muestra gratis y breve de tus intenciones. Sin resistencia volviste a levantarte de mi cuerpo vestido para desnudar el tuyo y abrir la canilla de agua caliente. Yo tenía cosas más importantes que hacer, así que saqué de las profundidades de mi cartera mi latita de caramelos ingleses que guarda felicidad en hebras verdes. Yo fumaba, vos te desvestías, y la ducha sudaba vapor. Acerqué el porro a tus labios desnudos y fumaste de mis manos como una paloma confianzuda y desprotegida. Tu erección brillaba, luminosa entre nosotros, hasta que te dirigiste al vapor que inundaba la habitación. Me dediqué a contemplar tu cuerpo forjado por un maestro del buen gusto mientras el humo dulce y el vapor entraban a mis pulmones. Te observé disfrutar del agua hirviendo que golpeaba contra tus hombros, tu cabeza y tu sexo aún y por siempre erecto. ¿Puedo acompañarte? Claro que sí, permitiste. Dos segundos después me tenías desnuda y fumada en la puerta de la ducha. Ansioso, desesperado, no soportaste la visión impólumne, y te arrodillaste bajo la cascada hirviente para devorar mi sexo.
Fue el mejor comienzo que podías darme.
Porque entonces mis rodillas se doblaron, mi boca dejó escapar un aullido y mi mano derecha te sacudió el pelo, empapado, mientras la izquierda sostenía aún la droga. Con el centímetro de conciencia que me quedaba atiné a colocar el cigarrillo sobre una columna, y me desplomé dentro de la ducha. El agua quemaba, hervía, y el vapor sofocaba mientras me dominabas bajo la catarata ardiente. Te arrinconé contra la pared para devolverte todo lo que me habías dado: ahora yo era la arrodillada, la que recibía en su espalda los latigazos del agua hirviendo y la que se devoraba tu sexo. Ingenua, creía que ya estabas jugado. Pero tu devoción a mi clítoris era mayor de la que jamás hubiera soñado. Nuevamente me obligaste a entregártelo, a levantarme arrinconarme y abrir las piernas para que volvieras a tu lugar favorito en el mundo. Nunca había estado con un hombre que goce tanto de realizar sexo oral. Nunca me hizo tan feliz.
Salir de la ducha fue entrar a una habitación fría e indiferente. El vapor me había acostumbrado el cuerpo a su temperatura infernal, y volver a la Tierra me trajo piel de gallina, tiriteos y temblores. Nos secamos y me metí como pude en la cama, intentando cubrirme, temblando de frío como una enferma febril por tu culpa y tu talento de volverme un cuerpo a tu disposición.
"No te secaste bien", observé tiritanto, a la par que tu cabeza volvía a dirigirse, golosa, a mi entrepierna. "¿Importa?" respondiste pícaro, goloso, inteligente. Y volviste a pasear tu lengua por los rincones de mi sexo hinchado, degustando cada milímetro. Nunca había sentido tanto frío y tanto calor juntos. Mi piel se erizó como un cactus de seda blanca y parí un aullido profundo con cada orgasmo. Retomé la marihuana y vos seguías sumergido; feliz, cumplí el sueño de fumar y ser fumada a la vez.
El cielo brillaba oscuro bajo la luna menguante, pero nosotros nos rompimos en una tormenta de piel. Te devoré y me devoraste sin pausas y sin cortes, desatados de todo mundo exterior, concentrados únicamente en generar y recibir placer, en disfrutarnos y gozarnos hasta la última gota. Sé que te gustó tanto como a mí. Tu cara se desfiguraba bajo mis besos y mordiscos, tu cuerpo se movía completamente ajeno a tu voluntad. No podías controlarlo, no a todo. No había pensamientos ni raciocinio; sólo impulsos, deseos, sexo violento, ardiente y longevo. Perdí la cuenta de las horas que pasamos en esa habitación, cogiendo como si nada más importase, como si el mundo se terminara mañana. Años han pasado desde la última vez que un hombre llegó a tu mérito. Había olvidado lo perfecto que, a veces, puede ser el sexo. Es fusión, sincronización absoluta entre dos cuerpos y dos voluntades; entre dos genitales, cuatro manos, cuatro piernas, veinte dedos. El antiguo y abandonado orgasmo entero volvió a inundarme el cuerpo gracias a vos. Por primera vez en mucho tiempo no cogí, sino que fui cogida. Me cogieron. Me cogiste. Y me encantó.
Llegué a esa cita sin intenciones de repetirla.
Pero ahora no puedo esperar para que llegue el día de la próxima.
Pero ahora no puedo esperar para que llegue el día de la próxima.
Escrito por
Porteñita Secreta
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Etiquetas:
Season 2,
Sexo sin amor
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